Antisemitismo en Chile: el retorno de un viejo conocido

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Autor: Yonathan Nowogrodski

Presidente del Consejo Chileno Israel.

Hace algunas semanas atrás, en plena víspera del año nuevo gregoriano, Rotem Singer, un joven israelí de 23 años que se encontraba en el Parque Nacional Torres del Paine en plena Patagonia chilena, encendió un rollo de papel higiénico, lo que estaba prohibido por las autoridades del recinto. Momentos después comenzó un incendió que acabó con más de 10.000 hectáreas de bosque nativo. Dos mochileras israelíes, que hacían el circuito habitual que se hace por la zona, justo detrás del grupo de Singer, lo acusaron de ser el causante de esta tragedia.

Antes de que se realizara la investigación del caso por la justicia chilena y se determinen quienes son los responsables, la prensa chilena sindicó a este joven de haber admitido la negligencia que causó el incendio. Claramente esto le podría haber pasado a cualquiera. De hecho, otros dos casos de este tipo habían ocurrido anteriormente en el mismo parque. En 1985 un turista japonés dejó sin apagar una colilla de un cigarrillo y ocasionó la pérdida de 14.000 hectáreas y en 2005 el descuido de un ciudadano checo generó un incendio que consumió más de 15.000 hectáreas. Sin embargo, el caso de este joven israelí fue mucho más allá.

Al llamarlo por teléfono la noche del 31 de diciembre, Rotem me señaló que tuvo muchísimo miedo. Cuando se subía al furgón de carabineros luego de su primera Audiencia en tribunales chilenos, los lugareños de la región de Magallanes, la más austral de Chile, comenzaron a tirarle piedras y a gritarle “judío sucio”. Muchos estaban enardecidos por el cierre del parque durante la época estival, estación en la cual la población local recibe la mayor cantidad de visitantes y por ende el momento de mayor ganancia económica para la industria del turismo.

Las teorías de conspiración
No está demás decir que los mochileros israelíes tienen muy mala fama en esa zona por sus malos modales y la suciedad que dejan donde van, lo que obviamente fue un prejuicio que jugó en contra de este joven israelí. Sin embargo, lo peor estaba por venir.

Ese fue el comienzo de una ola de antisemitismo que aún no ha parado. Apenas los medios comenzaron a publicitar información relativa a lo sucedido en sus páginas de Internet, los comentarios no se hicieron esperar: Desde improperios relativos a deslegitimar a Israel, pasando por el Holocausto hasta la famosa patraña, seudo-conspiración conocida como el “Plan Andinia” donde “los sionistas planean tomarse la Patagonia chileno-argentina para fundar un Estado Judío”. Mentiras, histeria colectiva, xenofobia y racismo, un llamado a la muerte de los judíos y los israelíes. Fue como volver a las calles de París en el siglo XIX y escuchar un nuevo caso Dreyfus.

Como nada puede explicarse sin una causa, existen varios precedentes que han alimentado el desencadenamiento de estos eventos.

Desde hace ya varias décadas grupos filonazis se han preocupado de propagar esta idea racista del Plan Andinia en los círculos de gente con bajos niveles de educación. En efecto, el año 2000 se intentó realizar sin éxito un Encuentro Mundial Nazi en Chile. Luego, con el comienzo de la segunda Intifada, la campaña antiisraelí de la comunidad palestina chilena, la que cuenta con más de 350.000 integrantes y es la más grande fuera del Medio Oriente a nivel mundial, ha socavado todos los posibles acercamientos entre judíos y árabes chilenos, denostando a Israel, equiparando Sionismo con Nazismo y mostrando a los palestinos como las únicas víctimas del conflicto. El principal lema de sus activistas es “no somos antisemitas, sino antisionistas pues nosotros somos semitas”. Ante estos precedentes, el caldo de cultivo se encontraba listo y la ocasión no se hizo esperar. Metafóricamente fue parecido al mismo incendio que se le inculpa al joven israelí, pues bastó con un poco de fuego para que todo el antisemitismo oculto ardiera por las redes sociales.

Aún así, lo que más encendió la furia de los judíos chilenos fueron las declaraciones de un diputado y un senador de origen árabe. El diputado Chahin, vicepresidente del partido Democracia Cristiana, emitió el siguiente comentario de su cuenta en twitter: “Apostaría que el ‘turista’ israelí que causó el incendio es de aquellos enviados por su Estado luego de matar niños palestinos”. Entretanto, el senador Eugenio Tuma, quien es ni más ni menos que el presidente de la comisión de Relaciones Exteriores del Senado chileno, se refirió al caso diciendo que el Gobierno israelí “envía reclutas por miles” a la Patagonia, financiados por el Estado de Israel.

La Comunidad Judía no se hizo esperar e hizo una denuncia inmediata en la prensa diciendo que “ambas declaraciones tienen una característica común: Atribuyen al Estado de Israel la responsabilidad de lo sucedido y cada una en su forma, plantea la existencia de un complot israelí para el uso militar de la Patagonia. Si no fuera por la calidad que envisten ambas personas, ellas no pasarían de ser una anécdota propia de los antisemitas de siempre”.

Muy pocos condenaron los hechos

Como era de esperar, muy poca gente se levantó para denunciar el hecho. Tal como lo hubiese hecho Emile Zola en su libro “Yo acuso”, el diputado Ramón Farías, miembro del mismo partido político de Tuma y presidente del Grupo Interparlamentario Chileno-Israelí, pidió que el diputado y el senador se retracten de lo dicho, además de abogar por la urgencia en la tramitación de la Ley Antidiscriminación, que lleva años estancada en el parlamento chileno.

Por supuesto que ninguno de los dos efectuó disculpa alguna, y los presidentes de los partidos donde estas personas militan se excusaron con la Comunidad Judía poniendo énfasis que las declaraciones de los parlamentarios eran de carácter personal y no representaban las ideas de dichas colectividades.

En cualquier otro lugar del mundo con leyes más duras contra la discriminación, se le hubiese exigido la renuncia a estos individuos, tratándose de quienes democráticamente son electos para trabajar por el bienestar de todos los ciudadanos del país.

Cabe señalar que el antiisraelísmo se mantiene muy vivo en el sur de Chile. Luego del incendio varios hostales les han cerrado las puertas a los mochileros israelíes, inclusive colocando letreros xenófobos que no los admiten en sus locales, como si se estuviese repitiendo la misma política llevada a cabo contra los judíos de la Alemania nazi en los años 30. Sin duda alguna, una vergüenza para una democracia como Chile. Por lo mismo, a todos aquellos que tenemos parientes y conocidos israelíes que estén terminando el ejército y que planean venir a pasear por Sudamérica, como bien dice el Talmud, debemos hacerles hincapié que “cada judío es responsable por el otro”. La mala reputación que sufren estos jóvenes en Chile debe ser cambiada por los que vendrán prontamente. Debemos advertirles que traten amablemente a los lugareños, que no dejen sucio por donde van circulando y que respeten las normas de los lugares que visitan, tal como figura en el Aeropuerto Ben Gurión, donde se enfatiza que al salir del país “cada uno es embajador de Israel”. Nuestra moral no nos debe permitir en estos tiempos darnos el lujo de que enciendan el pasto seco del odio antijudío y antisiraelí por errores que pueden ser evitados.

Mientras tanto, Rotem Singer se encuentra con arraigo regional, sin posibilidad de salir del país y debe firmar semanalmente durante los 90 días que tomará la investigación por lo sucedido. Si es hallado culpable, el joven se arriesga una condena de entre 41 a 61 días de cárcel más el pago de una multa. Su caso ha sido emblemático para los judíos chilenos: Una vez más bastó con traer al chivo expiatorio para apagar la frustración del pueblo. El viejo conocido antisemitismo no conoce fronteras ni tiempo, actúa como un lobo que, disfrazado con piel de oveja, acecha y ataca ante el menor descuido.

*Presidente del Consejo Chileno Israel.

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